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GONZALO CRUZAT
VALPARAÍSO.-
El almacén de barrio dejó de ser una opción
de trabajo para los hijos de los pequeños comerciantes. Además
de esclavizante y poco rentable, lo encuentran out.
Pero todo es reversible;
los viejos almacenes de barrio pueden ser atractivos, incluso para
profesionales, como la mayoría de los últimos descendientes
de los antiguos almaceneros.
A eso apostó
Carlos Raggio, joven ingeniero comercial. Junto a su hermano Ítalo,
también ingeniero comercial y contador auditor, se propuso
alivianarle la vida a su padre, dueño del antiguo almacén
Santa Catalina, ubicado en calle Javiera Carrera, del cerro Los
Placeres de Valparaíso.
Ambos se unieron al
ingeniero informático Igor Mallea, también hijo de
comerciante, y crearon un programa a la medida de las necesidades
y prácticas de los almacenes de barrio. El software es un
formato aplicable a todo almacén, pero modificable a requerimientos
especiales. Lo están usando desde 1998 en el almacén
Santa Catalina, que durante 91 años ha mantenido la familia
Raggio.
Ahora, el dueño
del negocio puede tomar vacaciones y descansar los fines de semana.
El computador que mantiene en el mesón, con el programa ideado
por sus hijos, protege sus intereses. Los empleados sólo
tienen que incorporar las ventas, las adquisiciones, las devoluciones
y, por supuesto, las mercaderías fiadas.
Además, las
ventas se hacen utilizando el código de barras que los productos
traen en sus envases.
El programa actualmente
lo utilizan 300 comerciantes, esparcidos entre Antofagasta y Puerto
Mont, reunidos en el Club Almacén (www.clubalmacen.cl), que
sustenta la empresa Santa Carolina. Los creadores del software formaron
esta compañía con el propósito de modernizar,
capacitar y darles asesoría a los almaceneros del país.
El programa vale $140
mil. Con $500 mil, los comerciantes pueden acceder al computador,
el software y el lector del código de barras. La capacitación
se hace con apoyo del Servicio Nacional de Capacitación y
Empleo (Sence), mediante una franquicia tributaria.
La supervivencia de
los almacenes está en las ventajas que presentan como canal
de distribución. En esas fortalezas se apoyan los jóvenes
profesionales para hacerlo un negocio más dinámico
y acorde con los avances tecnológicos.
Otro aspecto importante
es su servicio personalizado (el almacenero conoce a todos sus clientes).
El almacén es el lugar de encuentro de los vecinos y allí
se conoce la intimidad del barrio. Esta característica está
siendo aprovechada en varios países, principalmente europeos.
Sin embargo, este factor
puede convertirse en una amenaza para los almacenes, porque -a juicio
de Carlos Raggio- no está lejano el día en que los
supermercados se internen también en los barrios, con formatos
más pequeños, pero altamente tecnificados.
La tecnología
es vital
La familia González
Osorio tiene su almacén en el sector de San Joaquín,
en Santiago. Uno de los hijos -Luis, ingeniero forestal- se hizo
cargo del negocio para mejorar su administración, darle un
vuelco, y ordenar las compras y las ventas. Ahora es uno de los
miembros de Club Almacén y está convencido de que
en su actividad se tienen que aprovechar los avances tecnológicos.
Luis González
cuenta que ha logrado mejorar la distribución, ordenar las
reposiciones oportunas de productos, pero, sobre todo, tener más
tiempo libre.
Almacén versus
supermercado
En el país hay
90 mil negocios de barrio (pequeños almacenes, botillerías,
minimarkets, carnicerías o verdulerías), que en conjunto
tienen una venta anual de más de dos mil millones de dólares.
Los supermercados son más de 700 y sus ventas son del orden
de 4.800 millones de dólares anuales.
A juicio de Carlos
Raggio, cada vez que se instala un supermercado desaparecen entre
70 y 100 almacenes o negocios de barrio.
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