Este mal - y califiquémoslo como un mal
endémico en nuestra sociedad laboral chilena - tiene su
raigambre en épocas ya muy remotas y en las que, al igual
que hoy, tampoco se estudiaron sus resultados en el quehacer nacional.
Sin darnos cuenta, paulatinamente se fue transformando en parte
de la cultura de muchos de nuestros
ejecutivos.
¿Cuáles son las repercusiones de
esta tendencia en muchos de los ejecutivos locales? ¿Qué
daños trae consigo en los subalternos y en la empresa misma?
Sin duda que tras estas preguntas surgen reflexiones en torno
a la calidad de vida; el respeto por el derecho de los demás;
la importancia que les asignamos a nuestras familias.
Aboquémonos, por limitaciones de espacio
y no porque sea más o menos importante, a considerar la
relación bilateral entre el ejecutivo y su subalterno,
relación que en la mayoría de las oportunidades
se deja de lado en la organización, como si ambas partes,
jefe y subalterno, constituyesen de por sí un verdadero
Centauro, en que el subordinado debe estar en todo momento a disposición
de su supervisor, sin más derecho que a usar su iniciativa
al servicio de la actividad encomendada y en cuanto a tiempo,
emplear tanto cuanto destina su superior.
Es el instante en que comienzan a aflorar obstáculos
impuestos en su entorno, provengan éstos de sus colegas,
amigos, subordinados o de su propia familia, lentamente se va
erosionando el estado anímico de quien experimenta esta
presión y comienza a no dar crédito a las solicitudes
encubiertas de prestar mayor atención a su familia. Si
los ejecutivos y empresarios otorgásemos mayor atención
a esta sintomatología laboral, nos percatásemos
que el efecto de demostración que ejercen sobre sus subalternos,
los que se sienten presionados, agregándose el temor de
éstos de perder su posición laboral.
En síntesis, ser trabajólico no
es sinónimo de mayor compromiso con la organización
ni con los subalternos, por el contrario, normalmente este calificativo
oculta perniciosas ineficiencias.