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PABLO
OBREGÓN CASTRO
Por primera vez, Freudenberger denominó el fenómeno
como Burnout - síndrome de estar fundido- , el mismo término
que hasta entonces usaba para referirse al consumo y abuso crónico
de sustancias tóxicas. Dos años más tarde,
la psicóloga Cristina Maslach usó la misma expresión
para referirse al desinterés y falta de concentración
entre sus compañeros de trabajo.
Hoy, estar fundido
es la denominación técnica del desgaste profesional
en su grado superlativo, que ataca a médicos, enfermeras,
profesores, asistentes sociales, periodistas, policías y
otras personas cuyos trabajos son extremadamente demandantes en
términos emocionales. En muy pocas palabras, es el síndrome
que amenaza la vocación de los mejores en su respectiva labor,
preferentemente, de aquellos que tienen un contacto más directo
con el sufrimiento ajeno.
A primera vista, parece
contradictorio que en los empleos donde la vocación es una
variable clave, se presenten los índices de desgaste profesional
más grande. Sin embargo, para el psicólogo y director
de Enhancing People, Claudio Ibáñez, esto es la consecuencia
lógica de la nula formación de los profesionales de
alta exposición emocional en materias como automanejo en
situaciones límite.
Cómo identificarlo
Si bien el síndrome
se manifiesta progresivamente, hay algunos indicios que si se identifican
a tiempo permiten asumir la defensiva antes que la vocación
se queme.
Si usted es un trabajador
que entrega 100% o un perfeccionista con expectativas poco realistas,
el camino a la quemadura está pavimentado. En ese caso, la
Asociación Americana de Psicología sugiere tener presente
cuáles son las características que anuncian la primera
etapa del síndrome: durante la luna de miel, su trabajo es
maravilloso. La energía y el entusiasmo ilimitado hacen que
todo parezca posible. Usted ama el trabajo y el trabajo lo ama a
usted. Le encantan sus compañeros y también la organización.
La segunda fase, corresponde
al despertar. El trabajo no satisface todas sus expectativas, sus
compañeros y la organización son menos que perfectos,
las recompensas y el reconocimiento son escasos. Usted trabaja más
duramente para hacer que sus sueños se hagan realidad, pero
el trabajo no basta para cambiar cualquier cosa. Cada vez más
cansado, usted se cuestiona su capacidad y comienza a perder la
confianza en sí mismo.
Hasta aquí,
el proceso es lento y tenue como para preocuparse. Pero ojo, porque
la tercera fase ya es sin vuelta. Mientras la quemadura comienza
a desatarse, usted pasa del entusiasmo a la fatiga crónica.
Los patrones para comer y dormir cambian drásticamente y
se complace en las conductas de escape, como alcohol, drogas y compras.
Frustrado, usted proyecta la culpa por sus dificultades sobre otros,
critica abiertamente a la organización, sus superiores y
sus compañeros. Le sitian la ansiedad y el malestar físico.
En este punto, es válido
hacer un alto. Tal como advierte la psicóloga de Deloitte
& Touche, Andrea Soto, hay síntomas que fácilmente
podrían atribuirse al denominado síndrome de estar
quemado, aunque en realidad correspondan a otras situaciones, como
una depresión o una simple crisis de la edad. No hay que
olvidar que a los cuarenta no es raro que nos cuestionemos y evaluemos
nuestra etapa vital, lo que no significa que estemos enfermos a
causa del trabajo.
Cuando efectivamente
se trata del síndrome, rápidamente se pasa a una cuarta
etapa, de quemadura completa, en que la desesperación es
la característica dominante, con un sentido abrumador de
desconfianza en sí mismo. Las interrupciones físicas
y mentales son probables. El suicidio y el ataque al corazón
no son inusuales, advierte la Asociación Americana de Psicología.
En Japón, el
final trágico es conocido como Karhosi y corresponde a la
muerte súbita de numerosos ejecutivos de ese país
oriental que compartían los mismos síntomas de agotamiento
laboral extremo.
Pese a los peligros
evidentes de este síndrome, en Chile no existen estadísticas
ni planes de prevención medianamente de-sarrollados. Según
el psicólogo de la consultora De Kanel, Darío Croquevielle,
acá el fenómeno está presente, pero probablemente
no se nota porque la amenaza permanente de perder el empleo aumenta
la tolerancia de los trabajadores frente al agotamiento.
También para
cesantes
Contrario a lo que
se cree, un profesional que no trabaja también puede quemarse.
Tal como lo advierten las psicólogas María Sandra
Carlotto y María Dolores Gobbi en su estudio Desempleo y
Síndrome de burnout, publicado en la Revista de la Escuela
de Psicología de la Universidad de Chile, la búsqueda
de trabajo es una situación tan estresante que también
desencadena el síndrome.
El proceso es más
o menos el mismo: después de la fase de rabia, desilusión
y resentimiento que se desata con el despido, el nuevo cesante comienza
a buscar un nuevo empleo, con expectativas a veces irreales respecto
al mercado y a sus capacidades y habilidades reales.
Los trabajadores rellenan
innumerables fichas de registro, dejan su currículo en varias
empresas y pasan por exhaustivas entrevistas de selección
sin obtener resultados (...) Aquí se da la primera etapa,
la de agotamiento físico y emocional ocasionada por un esfuerzo
voluntario.
A partir de este momento,
el agotamiento emocional aumenta de tal forma que el trabajador
pasa rápidamente a una fase de estancamiento, que precede
a una reflexión realista, pero frustrante, sobre su propia
capacidad profesional.
En este punto, algunos
recurren a la búsqueda de recalificación y actualización
profesional como intento último de estancar la quemadura.
Cuando no obtienen los resultados deseados, Carlotto y Gobbi describen
una tercera fase, denominada de apatía, en que el desempleado
abandona su proyecto profesional, adopta una actitud pasiva, pasa
a aceptar cualquier oferta laboral, percibe a todas las empresas
de forma impersonal y excesivamente crítica, se siente impotente,
el sentimiento de incompetencia se torna una constante.
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